Aureliano y Úrsula, el deshielo

Aureliano Buendía, tenía 86 años y su mujer, Úrsula, 81. Habían sido los ganadores de un concurso de baile cuando Chuck Berry empezaba a hacer el “paso de pato” en sus conciertos y Johnny B. Goode era el hit del momento. Había llovido mucho desde entonces y tras tantos años de convivencia de aquella llama ya no quedaban ni brasas. Él seguía teniendo escarceos, cuando juntaba a escondidas los suficientes pesos para ir al burdel de su pequeño pequeño pueblo del caribe: Macondo. Allí había descubierto unas píldoras azules mágicas que le devolvían el vigor, así como  un polvo blanco de igual naturaleza que al inhalarlo hacía que la lujuria se desatase en él.

En su casita de color vainilla reinaba la paz y las fotos de sus hijos, nietos y hasta bisnietos adornaban el salón. El clan de los Buendía era muy numeroso.

Era su 60 aniversario de boda;  Aureliano, el patriarca de los Buendía, estaba harto del hielo que reinaba en su cama. Así que el día anterior ordenó a Úrsula ir a comprarse un vestido nuevo con parte de sus ahorros. Úrsula obedeció a su marido, como solía, y pensó que Aureliano no se enfadaría si iba a la peluquería y gastaba algo más en la tienda del turco donde se podían adquirir prendas atrevidas de géneros traídos de oriente como el raso, la seda, encajes…Un sinfín de opciones para vestir su intimidad. 

Por la mañana temprano Aureliano se vistió con su mejor traje de lana de alpaca gris, camisa de algodón egipcio púrpura y corbata de seda de un violeta intenso. Se dirigió al casino de Macondo donde le esperaba Amparo. Amparo era la madame de la casa de citas más antigua del pueblo, que era ya casi una ciudad, había prometido a Aureliano traerle sus píldoras azules y su polvo blanco para tan reseñado acontecimiento. Tomaron un café y fumaron un puro como los dos viejos amigos que eran. Amparo había desvirgado a Aureliano 65 años antes cuando eran tan sólo unos adolescentes ardientes y hambrientos de aventuras, era cuando Amparo empezaba como meretriz y Aureliano era aprendiz y ya cortejaba a Úrsula.

Cuando llegó a casa, Aureliano encontró a Úrsula haciendo los preparativos para la fiesta familiar. Estaba radiante con su vestido nuevo y su peinado a la última moda. Casi no era necesario el polvo blanco, Aureliano volvió a sentir por Úrsula nuevamente lo que sintió en su noche de bodas cuando ella tenía apenas 17 años.

Aureliano, se dirigió a la habitación conyugal preparó varias dosis del polvo blanco dispuestas sobre el cristal de su foto de boda, en la mesita de noche; se tomo tres pastillas azules; tomó una dosis de aquel polvo  y llamó a Úrsula para que fuera a la habitación.

Úrsula apareció radiante, ya no tenía 81 años sino que había recuperado la presencia que tenía en su noche de boda:

  • Viejita, tómese estas tres pastillas e inhale un poco de este polvo blanco – dijo Aureliano a su esposa.
  • ¡Ay, no! ¡este hombre me va a matar! ¡Señor! qué hombre.
  • Úrsula, (Aureliano sólo llamaba a su esposa Úrsula cuando se enojaba) por favor hágame el favor de hacerme caso, ¡y se acabó el cuento!

Úrsula, conocedora de la necedad de aquel viejo tozudo, accedió por no oírlo. Aureliano preparó dos whiskys en las rocas, vaso corto y ancho, y le acercó el suyo a Úrsula. 

-Tenga- le dijo- y deje ya de quejarse.

Úrsula tomó su vaso y bebió un sorbo ipso facto empezó a sentir calor y sudor en su frente y no acertó a apartarse cuando Aureliano, que de pronto aparentaba 25 años, se abalanzó sobre ella para darle el primero de un número infinito de besos.

Úrsula empezó a sentir fiebre en su bajo vientre y la humedad la cubría de cabeza a pies, sudor y toda clase de fluidos emanaban sin parar de su cuerpo y el deseo se apoderaba de ella, sentía la humedad de Aureliano en su boca y moría de ganas de sentir su piel, como hacía mucho tiempo no la sentía.

Aureliano la tumbó sobre la cama y recorrió su cuello con fruición, mordisqueando su yugular y bajando hasta su escote. Con una mano acariciaba sus pechos y con la otra se hacía con uno de los cubitos de hielo de su Whisky.

Acertó a refregar el cubito de hielo por los pezones de Úrsula, dejando tras de sí un reguero de whisky que luego lamería directamente del cuerpo de su amada esposa.

Los pezones de Úrsula estaban ahora duros como el mármol y el cubito que Aureliano iba mojando en whisky iba ya por su ombligo. La respiración de Úrsula era ahora entrecortada sentía en su cuerpo el calor que venía de dentro, el frío de aquel cubito y la templanza de la boca de Aureliano.

Aureliano introdujo su mano bajo el calzón de su mujer, y con su dedo índice abordó su pubis, recorriendo su monte de Venus para adentrarse entre los pliegues donde el placer de la mujer se alberga. Mientras tanto, intercambiaban saliva y manaba un caudaloso río  entre aquellas piernas, que ya no parecían tan viejas. Aureliano decidió que era hora de entrar en batalla. Se colocó sobre Úrsula y cabalgaron durante horas. Ursula sentía a Aureliano dentro de sí y el frenesí era entonces lo único que se respiraba en aquella habitación. 

Ese mismo día, horas más tarde, cuando los invitados llegaron a la casa encontraron en la habitación los cuerpos sin vida de Aureliano y Úrsula, desnudos, abrazados, e inmóviles. Sus corazones no habían soportado tanto amor.

En homenaje al Maestro de las letras Gabriel García Márquez e inspirado por Idoia.

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